Ruido de fondo | 2011

Ruido de fondo. Un cambio desencantado

El pájaro vuela alto porque no quiere ver su sombra en la tierra

Ramón Gómez de la Serna. Nuevas Greguerías.

En el afán de jugar Carlos Nicanor se adentra en el desconcierto de la pintura, se sale del marco y se desata en la tridimensionalidad de la escultura. Como un daño aparentemente reversible y un juego no pudoroso con el puro pigmento.

En este caso, el poder de la imaginación y la construcción a través del desahogo creativo desemboca en sombras de la intimidad y efluvios de deseos.

Ahora los procesos se vuelven, a modo de pausa, menos gráficos y más hipnóticos. Evasión a la irrealidad algo kitsch y pop. Elocuente relación entre lo concebido y la experiencia.

Genera manchas de color como esculturas, no hay concepto narrativo y no existen límites espaciales. Explota la tramoya del artificio y sitúa al espectador en un lugar privilegiado, la responsabilidad sobre su propio flujo emocional.

Entender la pintura a través de la escultura es una tarea difícil. Aun siendo labores opuestas, se acoplan en una mezcla de brillo, color, alegría texturizada y deterioro de la relación entre arte y sociedad que responde a demandas y estímulos prediseñados. En un cambio desencantado, el espectador/consumidor se aburre y procura renovar el objeto de su deseo no saciado, cosifica sus propias emociones y se aleja de lo que es esencialmente el arte. Construcción del hombre.

Nicanor tiene el coraje de tomar distancia, e inicia una pugna por esa construcción. La creación no es solo el acto de dar forma a lo percibido, sino hacer de esto una imagen eufórica y rápida, con la celeridad de alguien que se quita los zapatos sin desatar los cordones. El resultado es la “aparición” de la imagen que brota de las tinieblas, del epicentro del marco. Se reconoce en sus creaciones una forma de energía -un ruido de fondo-, la voluntad de ser vistas.

Sus obras arañan la superficie retiniana de una manera profundamente moderna, esencia de la libertad artística. No se trata de buscar excesivamente en sus significados. La imagen-marco es más poderosa, pues establece una conexión fragmentada y fisiológica con el espectador. No son obras aisladas y no están sólo estéticamente vinculadas. En ellas coexisten lo táctil/inmaterial, lo luminoso/sombrío, lo seductor/pudoroso, lo visto/oculto.

Obras como Trunk intimidan y ruborizan las mejillas. ¿Qué quiere ver el espectador? Quizás entender lo que sucede dentro de la obra y hacerlo suyo. Para ello utiliza todo su cuerpo que sostiene su peso oscilando en cada rodilla. Es esta fuerza corpórea la base integradora que se persigue. Lo que recibe de esta manera actúa como espejo y lo que encuentra son sus propias tragedias, ridículos y fracasos. La sensación de ser mirado mientras se fragmenta el recato.

Las nuevas obras de Nicanor generan la capacidad de elevarse en el aire durante unos pocos segundos desafiando la fuerza taladradora de la gravedad/realidad y entra en un juego ensimismado. Es algo fisiológico, algunos se reconocerán con la complicidad inmediata de los perversos, otros con la necesidad de tocar y sentir esas superficies cromáticas. Se crea un nuevo nivel de realidad y las obras se perciben como seducciones, apelando al instinto.

Para Aristóteles el pudor es el sentimiento que se produce al perder el control de la  expresión corpórea. Es la representación del peligro de no ser aceptado. Es rubor, una pasión del alma, exhibicionismo, recato, y da cuenta de la finitud del hombre, rodeado como está de límites sociales y morales. Como forma de influencia en la experiencia del sujeto, el escultor transgrede estos límites y se acerca de manera apremiante en forma de pulsión. Esta obligación de construir en el arte de manera absoluta conlleva un riesgo de agotamiento.

Asimismo, las imágenes suplican al espectador que colabore con ellas, no apropiándose de ellas sino, como dice Beuys, escuchando lo que a sus ojos les dice y recuerda, prestando atención a ese ruido de fondo.

 

Dalia de la Rosa